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MARIA - monologo para cuatro objetos

MARÍA

monólogo para cuatro objetos

 

No.
No se preocupe.
Ya terminé.
Sin prisa.
Pase.
Siéntase como en su casa.
Está a gusto?
Siéntese.
Donde usted quiera.
Todo está limpio. Yo misma lo limpié.
Me gusta, sabe?
Limpiar.
Pero, con calma.
Sin prisa.
Hay más tiempo que vida.
Esto aprendí hace tiempo
y con la propia vida.
No hay otra manera de aprender.
Por lo menos en este mundo, no.
Con calma.
Siempre salimos corriendo
pero, en verdad, no sirve de nada.
No depende de nosotros:
si llueve,
si todo para,
si se cae,
si se olvida,
si no conseguimos atravesar
lo que queda es esperar.
No salir corriendo,
sólo esperar que la luz cambie
y atravesar.
Sin prisa.
Con calma.
Me gusta sabe?
Limpiar.
Pero, sin prisa.


Así está escrito.
Y se hizo la luz.

Yo creo que estaba despierta.
Sí, creo.
No sé a lo cierto.
Lo que me acuerdo es
que estaba oscuro.
De eso me acuerdo
porque
cuando la luz apareció
era como si... me quedase ciega...
Igual que cuando
se hace el día
y no podemos mirar al sol.
O cuando el sol se esconde,
tampoco
lo podemos mirar.
Es lo mismo.
Da igual.
Siempre nos quedamos ciegos.
No sé
si estaba despierta.
La luz era fuerte.
Parecía real.
Por eso
me di cuenta que era luz,
sino no
habría visto nada,
aunque podría haber sido nada.
Al inicio pensé que eran esos bichos,
sabe?
Esos que titilan
por la noche.
Pero, después pensé
como va a ser uno de esos
bichos.
O,
por lo menos,
hasta ese momento,
no los había visto de ese tamaño.
Por la duda,
me quedé quieta.
Eso es común
en mi tierra,
quedarse quieto
por las dudas.
Al fin y al cabo,
no sirve de nada
correr.
Siempre salimos corriendo.
Pero ese es un gran error.
Lo mejor es quedarse quieto.
Para esperar y poder mirar
sabe?
Y después de mirar,
decidir
lo que hay que hacer.
Lo irónico es que
en mi tierra
después de mirar,
igual decidimos salir corriendo.
Pero en mi caso,
no tuve tiempo.
De salir corriendo.
Me quedé quieta
y así me quedé.
El resto
no me acuerdo muy bien
porque la luz me cegó
como si estuviese todo oscuro.
No conseguía ver nada,
sólo blanco.
Que es lo mismo que ver negro.
No hay como ver nada.
Nada de nada.
Blanco y negro son la misma cosa.
En ambos
no hay como ver nada.


Así está escrito.
Y, se hizo la duda.

Yo no sé si estaba despierta.
Lo que sé es que
me quedé quieta y ciega.
Lo que no me dio mucha ventaja.
Parecía un sueño.
Y, no puedo negar que a veces me pregunto
si todo no fue
sólo un sueño.
Yo misma tengo mis dudas.
Yo estaba durmiendo, sí.
Sobre eso no tengo duda
porque tengo hijo y marido de testigos.
Pero cuando me desperté
nadie podía confirmarme
el estado en que me encontraba.
Del negro fui al blanco
y de ahí creo que fui al negro de nuevo.
Y entre uno y otro
me sentía perdida.
No.
No sé decir muy bien donde estaba...
Me refiero a mi cuerpo.
No.
No puedo decir
exactamente en que posición me encontraba.
Imposible
porque no me acuerdo.
Era como si estuviese flotando.
Pero la sensación no era leve.
Tampoco
era pesada.
Era una mezcla de negro y blanco,
luz y oscuridad que me dejaba perdida.
Me comencé a tocar.
Para reconocerme.
Necesitaba sentir
mis límites
mis contornos
pensé que me ayudaría
a saber dónde y cómo estaba.
No.
Mis piernas comenzaron a temblar.
Ahí me di cuenta que flotando no estaba.
Me dio un alivio, sabe,
sentir mis piernas.
Estaba viva,
entera.
No sabía si estaba despierta,
pero viva, estaba.
El temblor de mis piernas
parecía calambre,
pero no era.
Yo sé de eso porque sufro de calambres.
Mi hijo también sufre de calambres.
En los pies.
Yo siempre le digo que hay que tener calma.
Esperar.
Y después, lavo sus pies en el agua.
Pero lo que sentí no era calambre,
parecía
pero no era.
Era un temblor intenso.
Venía de dentro.
Yo intenté llevar mi mano entre piernas
para calmarlas.
Sin prisa.
No sabía donde mi mano ni mis piernas estaban.
Eso de quedarse ciega me dejó medio tonta.
El temblor aumentó
y me tomó por entera.
Ahí me di cuenta que mi mano ya estaba ahí.
Entre mis piernas.
Me quedé más tranquila.
Mi mano ya estaba ahí.
El temblor continuaba.
Yo me tocaba.


Así está escrito.
Y, se hizo el trueno.

El temblor era de esos que no podía controlar.
Tuve que acostumbrarme
y mi mano también.
No me dolía
ni me sentía incómoda.
El problema no era ese,
no.
La cuestión era el movimiento que yo hacía.
Sin control.
No conseguía sentir si estaba todavía en la cama o había ido al piso.
Había perdido el norte.
Podía ser un sueño.
No sé si estaba despierta.
Me tocaba y temblaba
con las manos entre mis piernas.
Quería reconocerme.
Saber donde estaba.
Me llamó la atención que mi marido no se haya despertado.
Eso me acuerdo que pensé.
Por eso también pensé
que debía estar en el piso.
Yo.
Me dio un alivio.
No quería despertar a mi marido.
él tiene insomnio,
problemas para dormir.
Yo tengo calambres
y él, insomnio.
Parecen contrarios
pero no son.
En verdad,
resulta ser casi la misma cosa.
El calambre y el insomnio
Yo nunca tuve insomnio.
él me aseguró que
en las dos
hay la misma sensación incómoda.
En las dos,
no podemos hacer lo que queremos hacer
y terminamos haciendo lo que no queremos hacer.


Así está escrito.
Y se hizo la unión.

Yo,
al temblor no lo controlaba,
pero tampoco me hacía daño.
Apenas era nuevo.
No sentía dolor.
Sólo necesitaba temblar.
Y, temblé.
Con mi mano entre mis piernas.
Me tocaba,
para reconocerme.
De repente, se hizo espasmódico.
Como en intervalos.
El temblor.
Ahí mi respiración también se alteró
y mi corazón parecía salirse por mi boca.
Tuve la seguridad de que estaba viva,
entera
con la mano entre mis piernas
y que no flotaba
y que estaba en el piso.
No.
No sé si estaba despierta.
Lo que sí sé es que estaba oscuro.
De eso me acuerdo porque
cuando la luz apareció,
era como si me quedase ciega.
Mi marido no me preocupaba más,
ni mi hijo,
sólo sentir que estaba viva,
entera.
Eso era importante.
Por eso cuando la luz se hizo más fuerte
ya no me quedé quieta ni salí corriendo.
No lo necesitaba,
temblaba.
Con mi mano entre mis piernas.
Me tocaba.
Y, mientras más me tocaba,
la luz se hacía más fuerte,
solita,
porque ella venía de afuera.
No era yo.
El temblor era mío,
pero la luz no.
Ni la luz ni la oscuridad.
Mi cuerpo temblaba entero,
en intervalos,
mi corazón salía por mi boca,
mi mano entre mis piernas,
me tocaba
y no importaba dónde estaba o con quién yo estaba,
ni hijo ni marido.
apenas saberme viva,
entera.
Como esos bichos, sabe,
que se quedan revoloteando alrededor de la luz.
Esos que tienen alas fuertes... y aún así insisten en ir hacia ella.
Cuando los vemos pensamos que son tontos, pero no lo son...
Tenemos que hacer como los insectos:
girar alrededor de la luz sin miedo de perder el control.
Para reconocernos,
hay que mirar.
Sin prisa.
La prisa
es puro deseo de control.
Hay que mirar.
Con calma,
para después de mirar,
decidir lo que hay que hacer.
Generalmente,
salimos corriendo,
pero yo no tuve tiempo.
De correr.
Y, miré.
Sin prisa.
Con calma.
Ya no temblaba.
Ni mi respiración se agitaba.
Ya no giraba.
Sólo miraba.
A la luz.
Blanca.
Que es lo mismo que negro.
Negra o blanco.
No hay como ver nada.
Nada de nada.

Así está escrito.
Y se hizo la ceguera.

No.
No se vaya.
Puedo limpiar.
Me gusta, sabe?
Limpiar.
Pero sin prisa.
Con calma.
¿Mi marido?
¿Mi hijo?
Pienso,
a veces,
en ellos.
Los amo.
¿Ud. sabe dónde están?
¿Por qué?
No entiendo por qué estoy aquí.
¿Cometí algún delito?


Así está escrito.
Y, se hizo la oscuridad.

Puedo salir a buscarlos.
Quiero tener tiempo
para limpiar, barrer
nuestra casa.
Esperar a que vuelvan
Barrer la calle, la plaza y el camino hacia el mar.
Sí.
La arena también.
Para recibirlos.
¿Eso es un delito?
No.
No entiendo por qué estoy aquí.

Mi nombre?
María, así estaba escrito.

No.
No se preocupe.
Ya terminé...


por Coco Maldonado, 02-2012

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